jueves, 19 de noviembre de 2015

Poema 2

SEGUNDA VOZ:
Cuando vi por primera vez el pequeño goteo rojo, no lo pude creer.
Vi a los hombres pasar al lado mío en la oficina. ¡Eran tan chatos!
Había algo en ellos como de cartón, y ahora entendía
esa chata, chata monotonía de donde las ideas, destrucciones,
topadoras, guillotinas, cuartos blancos donde se chilla, procedían
procedían sin fin – y los ángeles blancos, las abstracciones.
Me senté en mi escritorio, con las medias puestas, los tacos altos,
y el hombre para quien trabajo se rió: “¿Viste algo terrible?
De pronto estás toda pálida”. Y no contesté nada.
Vi a la muerte en los árboles pelados, una privación.
No lo podía creer. ¿Es tan difícil
para el espíritu concebir una cara, una boca?
Las cartas vienen de esas llaves negras y las llaves negras vienen
de mis dedos alfabéticos, ordenando partes,
partes, pedacitos, empleaditos, los brillantes múltiplos.
Muero mientras estoy sentada. Pierdo una dimensión.
Los trenes rugen en mis oídos, ¡partidas, partidas!
La huella plateada del tiempo se vacía en la distancia,
el cielo blanco se vacía de promesas como una taza.
Éstos son mis pies, estos ecos mecánicos.
Tap, tap, tap, se identifica el acero. Me encuentro esperando.

Ésta es una enfermedad que llevo a casa, es una muerte.
Repito: es una muerte. ¿Es el aire,
las partículas de destrucción lo que absorbo? ¿Soy un pulso
que declina y declina, mirando al ángel frío?
¿Es éste mi amante entonces? ¿Esta muerte, esta muerte?
De chica amé un nombre comido por los hongos.
¿Es éste el único pecado, este viejo y muerto amor por la muerte?

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